miércoles, 10 de mayo de 2017

Apostolados menudos XIII (el apostolado de la sonrisa) San Manuel González García

8. El apostolado de la sonrisa


                                                  Los apóstoles iban muy gozosos... (Hch 5,45)

          No me diréis que me he ido al fondo de las cosas terribles o difíciles para buscar el instrumento de apostolado que hoy hónrome en presentaros. ¡La alegría! ¡La sonrisa! ¿Qué os parece mi misionero?
Y, ¡cuidadito con que os creáis que a ese misionero está confiado sólo el negociado de los chascarrillos y donaires y le está vedado decir y enseñar cosas de provecho y hasta muy hondas!    Para el apostolado de la sonrisa no hay zonas vedadas; a todas partes debe y puede llegar ese gracioso apostolado, que pudiera llamar tan fructuoso como difícil.    Y para que nos entendamos mejor, comenzaré por definiros.


La sonrisa apostólica


          Nace de un corazón en paz con Dios y con los hombres y en guerra constante consigo mismo. San Juan Crisóstomo dijo que nada hay más violento, o que cueste más violencia, que la mansedumbre apostólica.
          Se alimenta de Eucaristía y de este principio: La gloria y el cuidado de mí y de mis cosas para Dios, el trabajo de este instante para mí.
          La digestión y asimilación de este alimento y principio produce un estado de alma en el que ésta no se ocupa ni preocupa más que de esto solo: hacer muy bien y muy en paz lo de ahora, lo que en este instante me pide Dios por medio de mi deber. 
          Y ese estado de alma habitual a la par que abre todas las válvulas del corazón para que por él circule en corriente libre el oxígeno de una sólida esperanza y de un sano optimismo, afloja todos los músculos duros y tirantes de la cara y dibuja en ella la más angelical y beatífica de las sonrisas.     Sonrisa que no es el gesto de la hipocresía ni de la ligereza, ni de la disipación, ni de la broma picante, ni del chiste a todo pasto, ni de la despreocupación... sino de la cara buena y del alma buena.


Lo difícil de la sonrisa apostólica


          ¡Que si lo es!
          Primero, por la dificultad de sus padres, que, como he dicho, son la guerra constante con nuestras pasiones, nerviosidades y egoísmos, que son los que ponen las caras agrias, duras, tiesas y largas, y la paz con Dios y con los prójimos. ¡Con lo difíciles que son algunos mandamientos de Aquél y lo inaguantables que se ponen a las veces algunos de éstos...!
          Y segundo, que es a su vez efecto de lo primero, por la facilidad de cambiar los términos del programita: la gloria y cuidado para mí, el trabajo para Dios o para los demás.
          Y ¡claro! el buscar nuestra gloria nos trae el orgullo, la vanidad y la ambición con toda su familia de hambres sin saciar, de inquietudes sin descanso y de envidias corrosivas y el pechar con todos nuestros cuidados sin confiarlos a Padre Dios es meter en el corazón, en la cabeza y en la sensibilidad un torbellino de afanes, recelos, miedos, suspicacias, desasosiegos, capaces de poner triste, sombría y amarga la vida más llena de bienestares y elementos de felicidad terrena.
          Y dicho se está, que si faltan los padres de la criatura, o sea, la sonrisa habitual, o a ésta le falta su alimento, se queda sin nacer o se muere presto.


Lo fructuoso de la sonrisa apostólica


          ¡El bien que puede hacer la palabra apostólica que sale al mundo acompañada de esa sonrisa! Diríase que es aceite que suaviza engranajes y quita chirridos y estridencias, que es resplandor de cielo irradiando sobre las sombras de nuestras tristezas y miedos. 
          Es aroma y es dulzura que obliga sin violencia a oler y a tragar lo desagradable y lo repugnante a nuestra sensualidad. Es lo difícil presentado fácil, lo grande de Dios, de su doctrina y de sus preceptos desmenuzado en pedacitos muy chicos, para que hasta los más pequeñuelos e inapetentes lo coman... 
La sonrisa habitual del apóstol en lo próspero y en lo adverso, en lo que le halaga como en lo que le denigra; en la apoteosis como en el martirio, es el gesto más parecido al de Dios cuando nos mira a través de su cara de Niño de Belén, de predicador del sermón de las bienaventuranzas y de paciente Amigo que espera detrás de la puertecita dorada del Sagrario...
           El libro de los Hechos Apostólicos nos describe la primera salida de la cárcel, después de haber sido cruelmente azotados los apóstoles, con estas tres palabras: Salían muy gozosos.
          ¡Sonrisa de los apóstoles de Jesús, que no te borras ni en las cárceles ni en los tormentos, sé el adorno imborrable de la cara de mis sacerdotes y de sus auxiliares las Marías y personas de celo, de mis seminaristas y de la mía!


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