jueves, 3 de octubre de 2013

Cada niño no nacido, pero condenado injustamente a ser abortado, tiene el rostro de Jesucristo - Papa Francisco

DISCURSO DEL SANTO PADRE
FRANCISCO
A LOS PARTICIPANTES
EN LA CONFERENCIA ORGANIZADA
POR LA FEDERACIÓN INTERNACIONAL
DE LAS ASOCIACIONES
MÉDICAS CATÓLICAS
20 de septiembre de 2013
Os pido disculpas por el retraso, porque hoy... ésta es una mañana demasiado complicada, por las audiencias... Os pido disculpas.

1. La primera reflexión que desearía compartir con vosotros es ésta: nosotros asistimos hoy a una situación paradójica, que se refiere a la profesión médica. Por un lado constatamos —y damos gracias a Dios— los progresos de la medicina, gracias al trabajo de científicos que, con pasión y sin descanso, se dedican a la investigación de los nuevos tratamientos. Por otro, sin embargo, registramos también el peligro de que el médico extravíe la propia identidad de servidor de la vida. La desorientación cultural ha hecho mella también en lo que parecía un ámbito inatacable: el vuestro, ¡la medicina! Aun estando por su naturaleza al servicio de la vida, las profesiones sanitarias se ven inducidas a veces a no respetar la vida misma. En cambio, como nos recuerda la encíclica Caritas in veritate, «la apertura a la vida está en el centro del verdadero desarrollo». No hay verdadero desarrollo sin esta apertura a la vida. «Si se pierde la sensibilidad personal y social para acoger una nueva vida, también se marchitan otras formas de acogida provechosas para la vida social. La acogida de la vida forja las energías morales y capacita para la ayuda recíproca» (n. 28). La situación paradójica se ve en el hecho de que, mientras se atribuyen a la persona nuevos derechos, a veces incluso presuntos derechos, no siempre se tutela la vida como valor primario y derecho primordial de cada hombre. El fin último de la actuación médica sigue siendo siempre la defensa y la promoción de la vida.


2. El segundo punto: en este contexto contradictorio, la Iglesia hace un llamamiento a las conciencias, a las conciencias de todos los profesionales y los voluntarios de la salud, de manera particular de vosotros, ginecólogos, llamados a colaborar en el nacimiento de nuevas vidas humanas. La vuestra es una singular vocación y misión, que necesita de estudio, de conciencia y de humanidad. En un tiempo, a las mujeres que ayudaban en el parto las llamábamos «comadre»: es como una madre con la otra, con la verdadera madre. También vosotros sois «comadres» y «compadres», también vosotros.

Una difundida mentalidad de lo útil, la «cultura del descarte», que hoy esclaviza los corazones y las inteligencias de muchos, tiene un altísimo coste: requiere eliminar seres humanos, sobre todo si son física o socialmente más débiles. Nuestra respuesta a esta mentalidad es un «sí» decidido y sin titubeos a la vida. «El primer derecho de una persona humana es su vida. Ella tiene otros bienes y algunos de ellos son más preciosos; pero aquél es el bien fundamental, condición para todos los demás» (Congregación para la doctrina de la fe, Declaración sobre el aborto procurado, 18 de noviembre de 1974, 11). Las cosas tienen un precio y se pueden vender, pero las personas tienen una dignidad, valen más que las cosas y no tienen precio. Muchas veces nos hallamos en situaciones donde vemos que lo que cuesta menos es la vida. Por esto la atención a la vida humana en su totalidad se ha convertido en los últimos años en una auténtica prioridad del Magisterio de la Iglesia, particularmente a la más indefensa, o sea, al discapacitado, al enfermo, al que va a nacer, al niño, al anciano, que es la vida más indefensa.

En el ser humano frágil cada uno de nosotros está invitado a reconocer el rostro del Señor, que en su carne humana experimentó la indiferencia y la soledad a la que a menudo condenamos a los más pobres, tanto en los países en vías de desarrollo como en las sociedades del bienestar. Cada niño no nacido, pero condenado injustamente a ser abortado, tiene el rostro de Jesucristo, tiene el rostro del Señor, que antes aún de nacer, y después recién nacido, experimentó el rechazo del mundo. Y cada anciano —y he hablado del niño: vamos a los ancianos, ¡otro punto! Y cada anciano, aunque esté enfermo o al final de sus días, lleva en sí el rostro de Cristo. ¡No se pueden descartar, como nos propone la «cultura del descarte»! ¡No se pueden descartar!

3. El tercer aspecto es un mandato: sed testigos y difusores de esta «cultura de la vida». Vuestro ser católicos comporta una mayor responsabilidad: ante todo hacia vosotros mismos, por el compromiso de coherencia con la vocación cristiana; y después hacia la cultura contemporánea, para contribuir a reconocer en la vida humana la dimensión trascendente, la impronta de la obra creadora de Dios, desde el primer instante de su concepción. Es éste un compromiso de nueva evangelización que requiere a menudo ir a contracorriente, pagando en persona. El Señor cuenta también con vosotros para difundir el «evangelio de la vida».

En esta perspectiva los sectores hospitalarios de ginecología son lugares privilegiados de testimonio y de evangelización, porque allí donde la Iglesia se hace «medio de la presencia del Dios» viviente, se convierte al mismo tiempo en «instrumento de una verdadera humanización del hombre y del mundo» (Congregación para la doctrina de la fe, Nota doctrinal acerca de algunos aspectos de la evangelización, 9). Madurando la conciencia de que en el centro de la actividad médica y asistencial está la persona humana en la condición de fragilidad, la estructura sanitaria se convierte en «lugar en donde la relación de curación no es oficio —vuestra relación de curación no es oficio—, sino misión; donde la caridad del Buen Samaritano es la primera cátedra; y el rostro del hombre sufriente el Rostro mismo de Cristo» (Benedicto XVI, Discurso en la Universidad católica del Sacro Cuore de Roma, 3 de mayo de 2012).

Queridos amigos médicos, vosotros que estáis llamados a ocuparos de la vida humana en su fase inicial, recordad a todos, con los hechos y con las palabras, que ésta es siempre sagrada, en todas sus fases y en cualquier edad, y que es siempre de cualidad. Y no por una cuestión de fe —no, no—, sino de razón; por una cuestión de ciencia. No existe una vida humana más sagrada que otra, como no existe una vida humana cualitativamente más significativa que otra. La credibilidad de un sistema sanitario no se mide sólo por la eficiencia, sino sobre todo por la atención y el amor hacia las personas, cuya vida siempre es sagrada e inviolable.

No descuidéis nunca orar al Señor y a la Virgen María para tener la fuerza de hacer bien vuestro trabajo y testimoniar con valor —¡con valor! Hoy se requiere valor—, testimoniar con valor el «evangelio de la vida». Muchas gracias.


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