sábado, 18 de mayo de 2013

Pentecostés - San Agustín


El don de Dios,
la gracia de Dios
y la abundancia
de su misericordia

      1. Hoy celebramos la santa festividad del día sagrado en que vino el Espíritu Santo. La fiesta, grata y alegre, nos invita a deciros algo sobre el don de Dios, sobre la gracia de Dios y la abundancia de su misericordia para con nosotros, es decir, sobre el mismo Espíritu Santo. Hablo a condiscípulos en la escuela del Señor. Tenemos un único maestro, en el que todos somos uno; quien, para evitar que podamos vanagloriarnos de nuestro magisterio, nos amonestó con estas palabras: No dejéis que los hombres os llamen maestro, pues uno es vuestro maestro: Cristo. Bajo la autoridad de este maestro, que tiene en el cielo su cátedra —pues hemos de ser instruidos en sus escritos—, poned atención a lo poco que voy a decir, sí me lo concede quien me manda hablaros. Quienes ya lo sabéis, recordadlo; quienes lo ignoráis, aprendedlo. Con frecuencia estimula al espíritu dotado de una santa curiosidad el que la fragilidad y debilidad humana sea admitida a investigar tales misterios. Ciertamente es admitida. Lo que está oculto en las Escrituras, no lo está para negar el acceso a ello, sino más bien para abrirlo a quien llame, según las palabras del mismo Señor: Pedid, y recibiréis; buscad, y hallaréis; llamad, y se os abrirá. Con frecuencia, pues, al espíritu de los interesados en estas cosas le intriga el por qué el Espíritu Santo prometido fue enviado a los cincuenta días de su pasión y resurrección.
      2. Ante todo, exhorto a vuestra caridad a que no sea perezosa en reflexionar un poquito sobre las razones por las que dijo el Señor: Él no puede venir sin que yo me vaya. Como si —por hablar a modo carnal—, como si Cristo el Señor tuviese algo guardado en el cielo y lo confiase al Espíritu Santo que venía de allí, y, por tanto, él no pudiese venir a nosotros antes de que volviera aquél para confiárselo; o como si nosotros no pudiéramos soportar a ambos a la vez o fuéramos incapaces de tolerar la presencia de uno y otro; o como si uno excluyera al otro, o como si, cuando vienen a nosotros, sufrieran ellos estrecheces en vez de dilatarnos nosotros. ¿Qué significa, pues: Él no puede venir sin que yo me vaya? Os conviene, dijo, que yo me vaya; pues, si no me voy, el Paráclito no vendrá a vosotros. Escuche vuestra caridad lo que estas palabras significan, según yo he entendido o creo haber entendido, o según he recibido por don suyo. Hablo lo que creo. Yo pienso que los discípulos estaban centrados en la forma humana de Jesús, y en cuanto hombres, el afecto humano los tenía apresados en el hombre. El, en cambio, quería que su amor fuese más bien divino, para transformarlos de esta forma, de carnales, en espirituales, cosa que no consigue el hombre más que por don del Espíritu Santo. Algo así les dice: «Os envío un don que os transforme en espirituales, es decir, el don del Espíritu Santo. Pero no podéis llegar a ser espirituales si no dejáis de ser carnales. Más dejaréis de ser carnales si desaparece de vuestros ojos mi forma carnal para que se incruste en vuestros corazones la forma de Dios.» Esta forma humana, o sea, esta forma de siervo, por la que el Señor se anonadó a sí mismo, tomando la forma de siervo; esta forma humana tenía cautivado el afecto del siervo Pedro cuando temía que muriese aquel a quien tanto amaba. Amaba, en efecto, a Jesucristo el Señor, pero como un hombre a otro hombre, como hombre carnal a otro hombre carnal, y no como espiritual a la majestad. ¿Cómo lo demostramos? Pues, habiendo preguntado el Señor a sus discípulos quién decía la gente que era él y habiéndole recordado ellos las opiniones ajenas, según las cuales unos decían que era Juan, otros que Elías, o Jeremías, o uno de los profetas, les pregunta: Y vosotros, ¿quién decís que soy yo? Y Pedro, él solo en nombre de los demás, uno por todos, dijo: Tú eres Cristo, el Hijo del Dios vivo. ¡Estupenda y verísima respuesta! En atención a la misma mereció escuchar: Dichoso tú, Simón, hijo de Juan, porque no te lo reveló la carne ni la sangre, sino mi Padre que está en los cielos. Puesto que tú me dijiste, yo te digo; dijiste antes, escucha ahora; proclamaste tu confesión, recibe la bendición. Así, pues, también yo te digo: «Tú eres Pedro»; dado que yo soy la piedra, tú eres Pedro, pues no proviene «piedra» de Pedro, sino Pedro de «piedra», como «cristiano» de Cristo, y no Cristo de «cristiano». Y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia; no sobre Pedro, que eres tú, sino sobre la piedra que has confesado. Edificaré mi Iglesia: te edificaré a ti, que al responder así te has convertido en figura de la Iglesia. Esto y las demás cosas las escuchó por haber dicho: Tú eres Cristo, el Hijo del Dios vivo; como recordáis, había oído también: No te lo ha revelado la carne ni la sangre, es decir, el razonamiento, la debilidad, la impericia humanas, sino mi Padre que está en los cielos. A continuación comenzó el Señor Jesús a predecir su pasión y a mostrarles cuánto iba a sufrir de parte de los impíos. Ante esto, Pedro se asustó y temió que al morir Cristo pereciera el Hijo del Dios vivo. Ciertamente, Cristo, el Hijo del Dios vivo, el bueno del bueno, Dios de Dios, el vivo del vivo, fuente de la vida y vida verdadera, había venido a perder a la muerte, no a perecer él de muerte. Con todo, Pedro, siendo hombre y, como recordé, lleno de afecto humano hacia la carne de Cristo, dijo: Ten compasión de ti, Señor. ¡Lejos de ti el que eso se cumpla! Y el Señor rebate tales palabras con la respuesta justa y adecuada. Como le tributó la merecida alabanza por la anterior confesión, así da la merecida corrección a este temor. Retírate, Satanás, le dice. ¿Dónde queda aquello: Dichoso eres, Simón, hijo de Juan? Distingue sus palabras cuando lo alaba y cuando lo corrige; distingue las causas de la confesión y del temor. La de la confesión: No te lo ha revelado la carne ni la sangre, sino mi Padre que está en los cielos. La causa del temor: Pues no gustas las cosas de Dios, sino las de los hombres. ¿No vamos a querer, pues, que a los tales se les diga: Os conviene que yo me vaya. Pues, si no me voy, el Paráclito no vendrá a vosotros. Hasta que no se sustraiga a vuestra mirada carnal esta forma humana, jamás seréis capaces de comprender, sentir o pensar algo divino. Sea suficiente lo dicho. De aquí la conveniencia de que se cumpliese su promesa respecto al Espíritu Santo después de la resurrección y ascensión de Jesucristo el Señor. Haciendo referencia al mismo Espíritu Santo, Jesús había exclamado y dicho: Quien tenga sed, que venga a mí y beba, y de su seno fluirán ríos de agua viva. A continuación, hablando en propia persona, dice el mismo evangelista Juan: Esto lo decía del Espíritu que iban a recibir los que creyeran en él. Pues aún no se había otorgado el Espíritu, porque Jesús aún no había sido glorificado. Así, pues, una vez glorificado nuestro Señor Jesucristo con su resurrección y ascensión, envió al Espíritu Santo.
      3. Como nos enseñan los libros santos, el Señor pasó con sus discípulos cuarenta días después de su resurrección, apareciéndoseles para que nadie pensara que era una ficción la verdad de la resurrección del cuerpo, entrando a donde estaban ellos y saliendo, comiendo y bebiendo. Más a los cuarenta días, lo que celebramos hace exactamente diez, en su presencia ascendió a los cielos, prometiendo que volvería tal como se iba. Lo que significa que será juez en la misma forma humana en la que fue juzgado. Quiso enviar el Espíritu en un día distinto al de su ascensión; no ya después de dos o tres días, sino después de diez. Esta cuestión nos compele a investigar y preguntarnos por algunos misterios encerrados en los números. Los cuarenta días resultan de multiplicar 10 por 4. En este número, según me parece, se nos confía un misterio. Hablo en cuanto hombre a hombres, y justamente se nos llama expositores de las Escrituras, no afirmadores de nuestras propias opiniones. Este número 40, que contiene cuatro veces el 10, significa, según me parece, este siglo que ahora vivimos y atravesamos, y en el que nos hallamos envueltos por el pasar del tiempo, la inestabilidad de las cosas, la marcha de unos y la llegada de otros; por la rapacidad momentánea y por cierto fluir de las cosas sin consistencia. En este número, pues, está simbolizado este siglo, en atención a las cuatro estaciones que completan el año o a los mismos cuatro puntos cardinales del mundo, conocidos por todos y frecuentemente mencionados por la Sagrada Escritura: De oriente a occidente y del norte al sur. A lo largo de este tiempo y de este mundo, divididos ambos en cuatro partes, se predica la ley de Dios, cual número 10. De aquí que, ante todo, se nos confía el decálogo, pues la ley se encierra en diez preceptos, porque parece que este número contiene cierta perfección.
      El que cuenta, llega en orden ascendente hasta él, y luego vuelve a comenzar con el 1 para llegar de nuevo al 10 y volver al 13 , tanto si se trata de centenas como de millares o de cifras superiores: a base de añadir decenas, se forma la selva infinita de los números. Así, pues, la ley perfecta, indicada en el número 10, predicada en todo el mundo, que consta de cuatro partes, es decir, 10 multiplicado por 4, da como resultado 40. Mientras vivimos en este siglo, se nos enseña a abstenernos de los deseos mundanos; esto es lo que significa el ayuno de cuarenta días, conocido por todos bajo el nombre de cuaresma. Esto te lo ordenó la ley, los profetas y el Evangelio. Como lo manda la ley, Moisés ayunó cuarenta días; como lo mandan los profetas, ayunó Elías cuarenta días; y como lo manda el Evangelio, ayunó cuarenta días Cristo el Señor. Cumplidos otros diez días después de los cuarenta que siguieron a la resurrección, solamente diez días, no 10 multiplicado por 4, vino el Espíritu Santo, para que con la ayuda de la gracia pueda cumplirse la ley. En efecto, la ley sin la gracia es letra que mata. Pues, si se hubiese dado una ley, dice, que pudiese vivificar, la justicia procedería totalmente de la ley. Pero la Escritura encerró todo bajo pecado, para que la promesa se otorgase a los creyentes por la je en Jesucristo. Por eso, la letra mata; el Espíritu, en cambio, vivifica; no para que cumplas otros preceptos distintos de los que se te ordenan en la letra; pero la letra sola te hace culpable, mientras que la gracia libra del pecado y otorga el cumplimiento de la letra. En consecuencia, por la gracia se hace realidad la remisión de todos los pecados y la fe que actúa por la caridad. No penséis, pues, que por haber dicho: La letra mata, se ha condenado a la letra. Significa solamente que la letra hace culpables. Una vez recibido el precepto, si te falta la ayuda de la gracia, inmediatamente advertirás no sólo que no cumples la ley, sino que además eres culpable de su transgresión. Pues donde no hay ley, tampoco hay transgresión. Al decir: La letra mata; el Espíritu, en cambio, vivifica, no se dice nada en contra de la ley, cual si se la condenara a ella y se alabase al espíritu; lo que se dice es que la letra mata, pero la letra sola, sin la gracia. Tomad un ejemplo. Con idéntica forma de hablar se ha dicho: La ciencia infla. ¿Qué significa que la ciencia infla? ¿Se condena la ciencia? Si infla, nos sería mejor permanecer en la ignorancia. Mas como añadió: La caridad, en cambio, edifica, del mismo modo que antes había añadido: El Espíritu, en cambio, vivifica, y debe entenderse que la letra sin el Espíritu mata y con él vivifica, así también la ciencia sin caridad infla, mientras que la caridad con ciencia edifica. Así, pues, se envió al Espíritu Santo para que pudiera cumplirse la ley y se hiciese realidad lo que había dicho el mismo Señor: No vine a derogar la ley, sino a cumplirla. Esto lo concede a los creyentes, a los fieles y a aquellos a quienes otorga el Espíritu Santo. En la medida en que uno se hace capaz de él, en esa misma medida adquiere facilidad para cumplir la ley.
      4. Estoy diciendo a vuestra caridad algo que también vosotros podréis considerar y ver fácilmente: que la caridad cumple la ley. El temor al castigo hace que el hombre la cumpla, pero todavía como si fuera un esclavo. En efecto, si haces el bien porque temes sufrir un mal o si evitas hacer el mal porque temes sufrir otro mal, si alguien te garantizase la impunidad, cometerías al instante la iniquidad. Si se te dijera: «Estáte tranquilo; ningún mal sufrirás, haz esto», lo harías. Sólo el temor al castigo te echaría atrás, no el amor a la justicia. Aún no actuaba en ti la caridad. Considera, pues, cómo obra la caridad. Amemos al que tememos de manera que lo temamos con un amor casto. También la mujer casta teme a su esposo. Pero distingue entre temor y temor. La esposa casta teme que la abandone el marido ausente; la esposa adúltera teme ser sorprendida por la llegada del suyo. La caridad, pues, cumple la ley, puesto que el amor perfecto expulsa el temor; es decir, el temor servil, que procede del pecado, pues el casto temor del Señor permanece por los siglos de los siglos. Si, pues, la caridad cumple la ley, ¿de dónde proviene esa caridad? Haced memoria, prestad atención, y ved que la caridad es un don del Espíritu Santo, pues el amor de Dios se ha difundido en nuestros corazones por el Espíritu Santo que se nos ha dado. Con toda razón, pues, envió Jesucristo el Señor al Espíritu Santo una vez cumplidos los diez días, número en que simboliza también la perfección de la ley, puesto que gratuitamente nos concede cumplir la ley quien no vino a derogarla, sino a cumplirla.
      5. El Espíritu Santo, en cambio, suele confiársenos en las Sagradas Escrituras no ya bajo el número 10, sino bajo el 7; la ley, en el número 10, y el Espíritu Santo, en el 7. La relación entre la ley y el 10 es conocida; la relación entre el Espíritu Santo y el 7 vamos a recordarla. Antes que nada, en el primer capítulo del libro denominado Génesis se mencionan las obras de Dios. Se hace la luz; se hace el cielo, llamado firmamento, que separa unas aguas de las otras; aparece la tierra seca, se separa el mar de la tierra, y se otorga a ésta la fecundidad de toda clase de especies; se crean los astros, el mayor y el menor, el sol y la luna, y todos los demás; las aguas producen los seres que le son propios, y la tierra los suyos; se crea al hombre a imagen de Dios. Dios completa todas sus obras en el sexto día, pero no se oye hablar de santificación al enumerar a todas y cada una de tales obras. Dijo Dios: Hágase la luz, y la luz se hizo, y vio Dios que la luz era buena. No se dijo: «Santificó Dios la luz.» Hágase el firmamento, y se hizo, y vio Dios que era bueno; tampoco aquí se dijo que hubiera sido santificado el firmamento. Y para no perder el tiempo en cosas evidentes, dígase lo mismo de las demás obras, incluidas las del sexto día, con la creación del hombre a imagen de Dios; se las menciona a todas, pero de ninguna se dice que fuera santificada. Mas, llegados al día séptimo, en el que nada se creó, sino que se hace referencia al descanso de Dios, Dios lo santificó. La primera santificación va unida al séptimo día; examinados todos los textos de la Escritura, allí se la encuentra por primera vez. Donde se menciona el descanso de Dios se insinúa también nuestro propio descanso. En efecto, el trabajo de Dios no fue tal que requiriera descanso, ni santificó aquel día en que está permitido no trabajar como congratulándose con un día de vacaciones después del trabajo. Esta forma de pensar es carnal. Aquí se hace referencia al descanso que ha de seguir a nuestras buenas obras, de la misma manera que se menciona el descanso de Dios después de haber hecho buenas todas las cosas. Pues Dios creó todas las cosas, y he aquí que eran muy buenas. Y en el séptimo día descansó Dios de todas las buenas obras que había hecho. ¿Quieres descansar también tú? Haz antes obras de todo punto buenas. Así, la observancia carnal del sábado y de las demás prescripciones se dio a los judíos como ritos llenos de simbolismo. Se les impuso un cierto descanso; haz tú lo que simboliza aquel descanso. El descanso espiritual es la tranquilidad del corazón, tranquilidad que proviene de la serenidad de la buena conciencia. En conclusión, quien no peca es quien observa verdaderamente el sábado. Y a los que se les ordena guardar el sábado, se les da también este precepto: No haréis ninguna obra servil. Todo el que comete pecado es siervo del pecado. Así, pues, el número 7 está dedicado al Espíritu Santo, como el 10 a la ley. Esto lo insinúa también el profeta Isaías allí donde dice: Lo llenará el Espíritu de sabiduría y entendimiento —vete contándolo—, de consejo y fortaleza, de ciencia y de piedad, el espíritu del temor de Dios. Como presentando la gracia espiritual en orden descendente hasta nosotros, comienza con la sabiduría y concluye con el temor; nosotros, en cambio, al tender o ascender de abajo arriba, debemos comenzar por el temor y terminar con la sabiduría, pues el temor del Señor es el comienzo de la sabiduría. Sería cosa larga y superior a mis fuerzas, aunque no a vuestra avidez, el recordar todos los testimonios acerca del número 7 en relación con el Espíritu Santo. Baste, pues, con lo dicho.
      6. Considerad ahora con atención cómo era necesario que se nos trajese a la memoria y se confiase a nuestra reflexión, según hemos ya mostrado, el número 10, puesto que la ley se cumple mediante la gracia del Espíritu Santo, y el número 7 en atención a esa misma gracia del Espíritu Santo. Al enviar al Espíritu Santo diez días después de su ascensión, Cristo nos confiaba en el número 10 la misma ley que ordenaba cumplir. ¿Dónde encontraremos aquí que se nos confíe el número 7 en atención, sobre todo, al Espíritu Santo? En el libro de Tobías verás que la misma fiesta, es decir, la de Pentecostés, constaba de algunas semanas. ¿Cómo? Multiplica el número 7 por sí mismo, o sea, 7 por 7, como se aprende en la escuela; 7 por 7 dan 49. Estando así las cosas, al 49, que resulta de multiplicar 7 por 7, se añade uno más para obtener el 50 —Pentecostés—, y de esta forma se nos encarece la unidad. En efecto, el mismo Espíritu nos reúne y nos congrega, razón por la que dejó como primera señal de su venida el que cuantos lo recibieron hablaron también cada uno las lenguas de todos. La unidad del cuerpo de Cristo se congrega a partir de todas las lenguas, es decir, reuniendo a todos los pueblos extendidos por la totalidad del orbe de la tierra. Y el hecho de que cada uno hablase entonces en todas las lenguas, era un testimonio a favor de la unidad futura en todas ellas. Dice el Apóstol: Soportándoos mutuamente en el amor —esto es, la caridad—, esforzándoos en mantener la unidad del Espíritu en el vínculo de la paz. En consecuencia, puesto que el Espíritu Santo nos convierte de multiplicidad en unidad, se le apropia por la humildad y se le aleja por la soberbia. Es agua que busca un corazón humilde, cual lugar cóncavo donde detenerse; en cambio, ante la altivez de la soberbia, como altura de una colina, rechazada, va en cascada. Por eso se dijo: Dios resiste a los soberbios y, en cambio, a los humildes les da su gracia. ¿Qué significa les da su gracia? Les da el Espíritu Santo. Llena a los humildes, porque en ellos encuentra capacidad para recibirlo.
      7. Como el interés de vuestra caridad es una ayuda para mi debilidad ante el Señor nuestro Dios, escuchad algo más, cuya dulzura, una vez expuesto, se corresponde con su oscuridad sí no le acompaña la explicación. Así al menos me parece a mí. Antes de su resurrección, cuando los eligió como discípulos, el Señor les mandó que echasen las redes al mar. Las echaron, y capturaron una cantidad innumerable de peces, hasta el punto de que las redes se rompían y las barcas cargadas sino que les dijo solamente: Echad las redes. Pues, si les hubiese mandado echarlas a la derecha, hubiese dado a entender que sólo se habían capturado peces buenos; si a la izquierda, sólo peces malos. Puesto que se echaron indistintamente, ni sólo a la derecha ni sólo a la izquierda, se cogieron peces buenos y malos. Aquí está simbolizada la Iglesia del tiempo presente, es decir, la Iglesia en este mundo. En efecto, también aquellos siervos enviados a llamar a los invitados salieron y llevaron a cuantos encontraron, buenos y malos, y se llenó de comensales el banquete de bodas. Ahora, pues, están juntos buenos y malos. Si las redes no se rompen, ¿cómo es que hay cismas? Si las naves no están sobrecargadas de peso, ¿cómo la Iglesia está casi siempre agobiada por los escándalos de multitud de hombres carnales, en alboroto continuo y perturbador? Lo dicho lo hizo el Señor antes de su resurrección. Una vez resucitado, en cambio, encontró a sus discípulos pescando como la vez anterior; él mismo les mandó echar las redes; pero no a cualquier lado o indistintamente, puesto que ya había tenido lugar la resurrección. Después de ésta, en efecto, su cuerpo, es decir, la Iglesia, ya no tendrá malos consigo. Echad, les dijo, las redes a la derecha. Ante su mandato, echaron las redes a la derecha, y capturaron un número determinado de peces. En aquellos otros de los que no se indica el número, en quienes se simbolizaba la Iglesia del tiempo presente, parece cumplirse el texto: Lo anuncié y hablé, y se multiplicaron por encima del número. Se advierte, pues, que había algunos que excedían del número, superfluos en cierta manera; más, con todo, se les recoge. En la segunda pesca, en cambio, los peces capturados son grandes y un número fijo. Quien así lo hiciere, dijo, y así lo enseñare, será llamado grande en el reino de los cielos. Se capturaron, pues, 153 peces grandes. Esta cifra no se menciona en balde; ¿a quién no le causa intriga? Si en verdad no hubiera querido enseñarnos nada el Señor, o no hubiese dicho: Echad las redes, o nada le hubiese interesado a él el echarlas a la derecha. Este número 153 significa algo, y correspondió al evangelista decirlo, como poniendo los ojos en la primera pesca, en que las redes rotas simbolizaban los cismas, puesto que en la Iglesia de la vida eterna no habrá cisma alguno, porque no habrá disensión; todos serán grandes, porque estarán llenos de caridad; como, volviendo los ojos a lo que sucedió la primera vez, que simbolizaba los cismas, el evangelista tuvo a bien precisar, a propósito de esta segunda pesca, que, a pesar de ser tan grandes, no se rompieron las redes. El significado de la parte derecha ya está manifiesto al indicar que todos eran buenos. También está dicho qué simbolizaba el que fueran grandes: Quien así lo hiciere y así lo enseñare, será llamado grande en el reino de los cielos. También se mencionó el significado de que no se rompieran las redes, a saber, que entonces no habrá cismas. ¿Y el número 153? Con toda certeza, este número no indica cuántos serán los santos. Los santos no serán 153, puesto que sólo contando los que no se mancharon con mujeres, se llega a 144.000. Este número, como si de un árbol se tratara, parece brotar de cierta semilla. La semilla de este número grande es un número menor, a saber, 17. El número 17 da 153 si, contando desde el 1 hasta el 17, sumas cada cifra a la anterior, pues si te limitas a enumerarlos todos sin sumarlos, te quedarás con sólo 17; pero si cuentas de la siguiente manera: 1 más 2 son 3; más 3, 6; más 4 y más 5, 15, etc., cuando llegues al 17 llevarás en tus dedos 153. Ahora haz memoria ya de lo que antes recordé y os indiqué y considera a quiénes y qué significa el número 10 y el 7. El 10, la ley; el 7, el Espíritu Santo. De todo lo cual, ¿no hemos de entender que han de estar en la Iglesia de la resurrección eterna, donde no habrá cismas ni temor a la muerte, puesto que tendrá lugar después de la resurrección; que han de estar allí, repito, y que han de vivir eternamente con el Señor los que hayan cumplido la ley por la gracia del Espíritu Santo y don de Dios, cuya fiesta celebramos?
(SAN AGUSTÍN, Sermones (4º) (t. XXIV), Sermón 270, 1-7, BAC, Madrid, 1983, pp. 248-263, Fiesta de Pentecostés. Hacia el año 416)

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