sábado, 27 de abril de 2013

Domingo V de Pascua (ciclo c) San Agustín

"Amaos los unos a los otros,
 como Yo os he amado"

 Nuestro Señor Jesucristo declara que da a sus discípulos un mandato nuevo de amarse unos a otros: Un mandato nuevo os doy: que os améis unos a otros. ¿No había sido dado ya este precepto en la antigua Ley de Dios, cuando escribió: Amaras a tu prójimo como a ti mismo? ¿Por qué, pues, el Señor lo llama nuevo, cuando se conoce su antigüedad? ¿Tal vez será nuevo porque, despojándonos del hombre viejo, nos ha vestido del hombre nuevo? El hombre que oye, o mejor, el hombre que obedece, se renueva, no por una cosa cualquiera, sino por la caridad, de la cual, para distinguirla del amor carnal, añade el Señor: "Como yo os he amado". Porque mutuamente se aman los maridos y las mujeres, los padres y los hijos y todos aquellos que se hallan unidos entre sí por algún vínculo humano; por no hablar del amor culpable y condenable, que se tienen mutuamente los adúlteros y adúlteras, los barraganes y las rameras y aquellos a quienes unió, no un vínculo humano, sino una torpeza perjudicial de la vida humana. Cristo, pues, nos dio el mandato nuevo de amarnos como Él nos amó. Este amor nos renueva para ser hombres nuevos, herederos del Nuevo Testamento y cantores del nuevo cántico. Este amor, carísimos hermanos, renovó ya entonces a los justos de la antigüedad, a los patriarcas y profetas, como renovó después a los apóstoles, y es el que también ahora renueva a todas las gentes; y el que de todo el género humano, difundido por todo el orbe, forma y congrega un pueblo nuevo, cuerpo de la nueva Esposa del Hijo unigénito de Dios, de la que se dice en el Cantar de los Cantares: ¿Quién es esta que sube blanca? Blanca, sí, porque está renovada, y ¿por quién sino por el mandato nuevo? Por esto en ella los miembros se atienden unos a otros, y si un miembro sufre, con él sufren los otros; y si un miembro es honrado, con él se alegran todos los miembros. Oyen y observan el mandato nuevo que os doy, de amaros unos a otros, no como se aman los hombres por ser hombres, sino como se aman por ser dioses e hijos todos del Altísimo, para que sean hermanos de su único Hijo, amándose mutuamente con el amor con que Él los ha amado, para conducirlos a aquel fin que les sacie y satisfaga todos sus deseos. Entonces, cuando Dios sea todo en todas las cosas, no habrá nada que desear. Este fin no tiene fin. Nadie muere allí adonde nadie llega sin morir antes a este mundo, no con la muerte común a todos, consistente en la separación del alma del cuerpo, sino con la muerte de los justos, por la cual, aun permaneciendo en la carne mortal, se coloca allá arriba el corazón. De esta muerte decía el Apóstol: Estáis muertos y vuestra vida está escondida con Cristo en Dios. Y quizá por esta razón se ha dicho: Fuerte es el amor como la muerte. Este amor hace que muramos para este mundo aun cuando estemos en esta carne mortal, y nuestra vida esté escondida con Cristo en Dios; aún más, el mismo amor es nuestra muerte para el mundo y nuestra vida con Dios. Porque, si la muerte es la salida del alma del cuerpo, ¿cómo no ha de ser muerte cuando del mundo sale nuestro amor? Fuerte como la muerte es el amor. ¿Qué puede haber más fuerte que aquello con que se vence al mundo?
 No vayáis a pensar, hermanos, que, al decir el Señor: Un mandato nuevo os doy: que os améis unos a otros, se excluya el precepto mayor, que manda amar a nuestro Dios y Señor con todo el corazón, con toda el alma y con todas las facultades; como, si excluido éste, pareciera decirse que os améis unos a otros, como si no estuviera incluido en Amarás a tu prójimo como a ti mismo. De estos dos preceptos dependen toda la Ley y los Profetas. Pero quienes bien entienden, hallan a ambos el uno en el otro. Porque quien ama a Dios, no puede despreciar su mandato de amar al prójimo. Y quien santa y espiritualmente ama al prójimo, ¿qué ama en él sino a Dios? Es éste un amor distinto de todo amor mundano, cuya distinción señala el Señor, diciendo: "Como yo os he amado". ¿Qué amó en nosotros sino a Dios? No porque ya le teníamos, más para que le tuviésemos, para conducirnos, como dije poco antes, allí donde Dios es todo en todas las cosas. De esta manera se dice que el médico ama a los enfermos; mas ¿qué otra cosa ama en ellos sino la salud, que desea restituirles en lugar de la enfermedad, que viene a echar fuera? Pues nuestro amor mutuo ha de ser tal, que procuremos por los medios a nuestro alcance atraernos mutuamente por la solicitud del amor, para tener a Dios en nosotros. Este amor nos lo da el mismo que dice: Como yo os he amado, para que así vosotros os améis recíprocamente. Por esto Él nos amó, para que nos amemos mutuamente, concediéndonos a nosotros, por su amor estrechar con el amor mutuo los lazos de unión; y enlazados los miembros con un vínculo tan dulce, seamos el cuerpo de tan excelente Cabeza.
 Por esto conocerán todos que sois discípulos míos: si os amáis mutuamente. Como si dijera: Los que no son míos tienen también otros dones míos comunes a vosotros, no sólo naturaleza, vida, sentidos, la razón, y la salud, que es común a todos los hombres y a la bestias; sino también el don de lenguas, los sacramentos, el don de profecía, de ciencia, de la fe, de repartir su hacienda a los pobres, de entregar su cuerpo a las llamas; pero, porque no tienen caridad, hacen ruido como los címbalos, nada son, de nada les aprovecha. No por estos dones míos, que pueden tener también quienes no son discípulos míos; sino por esto conocerán que sois mis discípulos: si os amáis unos a otros. ¡Oh Esposa de Cristo, hermosa entre las mujeres! ¡Oh la que subes blanqueada y apoyada en tu Amado!, porque con su luz eres iluminada para volverte blanca, y con su ayuda eres sostenida para que no caigas. ¡Oh cuan merecidamente eres loada en aquel Cantar de los Cantares, que es como tu epitalamio: Tus delicias están en el amor! El no pierde a tu alma con la de los impíos; él defiende tu causa y es fuerte como la muerte, y hace todas tus delicias. ¡Qué género de muerte tan admirable, que no sólo no es penoso, sino que es delicioso! Cerremos aquí este tratado, porque al siguiente hay que darle otro preámbulo.
(SAN AGUSTÍN, Tratados sobre el Evangelio de San Juan (t. XIV), Tratado 65, 1-3, BAC, Madrid, 1965, pp. 296-300)

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